para alcanzar
los recordatorios.
Así…, lo veo.
¿Acaso, no lo ves?
¡Veme pues! Tenme
saltando las alturas,
entierros de bajío.
-¿Qué te puedo decir?
Ahí…estás, tú también
sonrojándote
y no quieres repetir.
Es mejor
que quede así…,
entre versos.

Mitor despierta intempestivamente, el reloj de la pared marca las cinco ante-meridiano, sin despertar a Clara, se sienta a los pies de la cama y empieza a reflexionar para sí: “Válgame Dios, el mundo en que vivimos carece de todo significado o razón, prohibir los libros de historia ¡qué estupidez! Es cierto que no habría de pensar así, de no ser por los libros censurados; sin embargo, sé que algo me motivó a obtenerlos, buscaba una razón, un sentido, pero claro las personas parecen estar muy conformes, tal como está Clara. Yo no lo estoy, soy un inconformista como dicen los libros; además, según he leído, este término “inconformista” se les atribuye también a las personas que logran transformar el mundo; sí, soy un inconformista, aunque Clara no lo sea ni ninguna persona que conozco. Tendré que ser quien hace la diferencia y ser cauto a la vez, hoy en día apedrean a los que piensan diferente ¡por Dios! ¡Qué hermosa es Clara, ahí echadita! Detesto tener que compartirla con todo el mundo, debo buscar la forma para no hacerlo más ¡cuánto deseo tenerla sólo para mí, qué feliz he sido con Clara en los caminos, donde sólo estábamos los dos cazando, pescando, tomando frutas y haciendo fuego por las noches! ¡Exacto, ésa es la solución!, pero ¡qué citadina es esta chica, cómo la acostumbraré a los caminos más solos!