Dedico esta obra a mi prima Alejandra Jáuregui,
quien al danzar cautiva auditorios.
-Es cierto, yo lo maté y era un buen hombre, cuidó a Patricia, cuando más lo necesitaba, y le dio un hijo, al que crió con amor, pero no me juzguen tan duramente, no soy un frío asesino, motivado por algún interés monetario, mi crimen fue de pasión.
-¿Cómo se declara, el acusado?
-¡Culpable!
Patricia es una niña, la veo por primera vez, sus ojos son dos dulces almendras con un brillo de constelaciones, concentradas como el principio del universo. Soy tan pequeño, que no logro entenderlo, ¿por qué siento esto? ¿Qué me hace esta niña? Trato de no verla, bajo la cabeza y enmudezco, ella sólo sonríe, me dice: “chupado”. Yo me molesto, me escondo, lloro. No cuento lo ocurrido a mi padre por temor a una burla o una reprimenda, la niña abusa de mí; me pega, cuando jugamos lingo. En su presencia soporto los castigos con estoicismo; más tarde, lloro enfurecido y deseo matarla.
Seguimos creciendo por separado, unos años más grandes, nos encontramos en un partido de fútbol, su colegio y el mío se enfrentan. Su hermano juega en el equipo contrario, ella me ve y sonríe, yo siento su sonrisa como una burla, enloquezco de momento. Su hermano es delantero y yo, defensa mediocre; sin embargo, ahora, me pego a su hermano como chicle y salvo la portería varias veces; Patricia vuelve a sonreírme, esta vez barro a su hermano, quien sale disparado y se lastima al caer, el árbitro cobra falta y Patricia entra al campo a ver el estado de su hermano, al cruzar cara conmigo me llama brusco y, dentro de mí, siento una mezcla de dulce venganza y arrepentimiento.
Esta vez, transcurre más tiempo hasta volvernos a ver, ambos crecemos y desarrollamos, somos adolescentes llenos de hormonas y energía. Me invitan a una fiesta y por esas cosas curiosas de la vida, la veo entre la multitud, esta vez no siento su sonrisa como una burla sino como una llamada, la saco a bailar una lenta, creo que entonces es la primera vez que mantenemos una conversación que pretende ser adulta.
-¿Te gusta bailar?
-Sólo las lentas.
-¿Por qué? Las movidas son más divertidas.
-Eso es para chiquillos.
-¡Ay! Ahora, te crees grande.
No respondo, me concentro en sus caderas, voy más allá, a bailar abrazados como vi hacer a los grandes. Ella queda tiesa y noto o creo notar un estremecimiento de su cuerpo, me abraza más fuerte, la pieza acaba y sin decir palabra nos separamos. Vamos cada uno a su grupo de compañeros. No la vuelvo a ver hasta después del colegio.
Ahora somos “adultos”, estoy bastante tomado en un bar, cuando un amigo me comenta que está enamorado de una chica muy bonita, quiere que la conozca en una reunión por su cumpleaños.
Ambos amigos asistimos a una casa muy elegante, me presenta a la chica, dueña del santo, de quien está enamorado, cuando ¡oh sorpresa!, reconozco, entre las asistentes, a Patricia, está sola, bebe y fuma, parece pensativa y triste. Me ve, y de pronto, su rostro se ilumina y sonríe, me acerco con el cigarrillo humeante y conversamos.
-¡Hola!
-¡Hola, loquito! ¿Cómo estás?
-Bien, pensando qué estudiar, en mi casa quieren que me decida ya, pero no me quiero precipitar y tú ¿qué haces por la vida?
- Estudio danza contemporánea en el museo de arte.
-Verdad que te gustan los bailes movidos – ambos reímos- .
-Me gustan mucho, pero mis padres quieren que estudie en la universidad, yo sólo quiero bailar, tan difícil es entenderlo, la danza lo es todo para mí y de verdad lo hago bien – la noto triste y me conmuevo-.
-Debes luchar por lo que te gusta, no será fácil seguro, pero si dejas de intentarlo serás infeliz.
Patricia me abraza y siento sus senos en mi pecho, han crecido mucho y me ruborizo, pero no la aparto de mí, siento su mentón en mi hombro y también unas gotitas.
-¿Estás llorando?
-No te preocupes, ¿has visto “La sociedad de los poetas muertos”?
-Sí, ¿por?
-Me pasa lo mismo que al actor, mis padres me obligan a dejar de bailar.
Siento su dolor como mío, me doy cuenta que estoy profundamente enamorado, la deseo tiernamente y con las mejores intenciones, trato de consolarla.
-Paty, no te pongas así, una carrera en la universidad no es tan malo, siempre puedes seguir bailando.
-Paco, tú sabes que la danza tiene corta vida y si no me centro en ello, desde ahora, nunca llegaré lejos.
-Claro que lo harás, en la universidad podrás seguir bailando, hay talleres de danza. Una prima mía baila muy bonito y siempre está en esos talleres.
-¿Tú crees? Pero los cursos me lo impedirán, tendré que estudiar duro porque las materias no me entran fácilmente, soy una bruta.
-No digas eso que eres bien inteligente, sólo tienes que ordenarte y organizarte, todo te resultará.
-¿Tú crees?
-Estoy seguro de ello; además, yo me aseguraré de que así sea, haré que seas feliz (las tonterías que dice uno, cuando está enamorado, pero funciona).
-¿Hablas en serio, me harás feliz?
-Claro, si tú me dejas – volvimos a sonreí r-.
-Me gustaría mucho que lo hagas.
-Lo hago entonces, ¿te gustaría estar conmigo?
-Sí, mucho.
Somos enamorados tres años y muy felices hasta ese fatídico día, donde nos separamos, ella viaja para hacer estudios de danza en París- Francia; naturalmente, quedo devastado y solo.
Nunca en los quince años que siguen recibo una sola carta; así, logro borrarla de mi memoria, tengo enamoradas y amantes. Aprendo mucho de la vida, pero no lo suficiente. Ahora, me dedico a los deportes de aventura, guío a los turistas en el ascenso y descenso de los picos más altos de la cordillera de los Andes.
Estando en la agencia esperando algún cliente, llega a mí, una pareja con su hijo. Se les nota muy felices y me interrogan sobre el servicio que presto. El esposo es francés y la mujer peruana, pero residen en Francia, El hijo nació allá. Ambos están de vacaciones. Me dicen que desean visitar lugares arqueológicos y luego escalar algún pico, les hago un presupuesto del que se declaran conformes. El niño nos acompañará, únicamente, a las visitas arqueológicas, pues escalar sería peligroso para él.
Visitamos primero el templo de los indios tristes, donde se cuenta, los conquistadores hicieron un orgía con todas las indígenas en presencia de sus maridos, quienes no dejaban de llorar. En una de las habitaciones del complejo arqueológico, quedo solo con la señora del francés, que tiembla de pronto al preguntar mi nombre completo y se estremece, aún más, al oír mi respuesta.
-¿No me recuerdas?
-La verdad no, señora, creo que debe haberse confundido, no conozco a ninguna mujer de nombre Franchesca.
-Entonces, aún no llevaba ese nombre, recién en Europa me lo cambié.
-De todos modos, no recuerdo su fisionomía, aunque claro, no soy buen fisionomista.
-Me llamaba Patricia y mi pasión es el baile, enseño danza en Francia.
En ese momento la reconozco, pero claro, está muy cambiada, sus ojos siguen siendo dulces almendras y su cuerpo bastante más formado; quince años cambian mucho a las personas, pero ella, ¿cómo pudo reconocerme si estoy calvo y mucho más corpulento que entonces?, la interrogo al respecto.
-¡Dios, eres tú! ¡Estás bellísima! Sin embargo, yo estoy calvo, ¿cómo me reconociste?
-Gracias por el elogio, pero no te preocupes por la calvicie, a muchas mujeres nos gustan los calvos. Bueno, te reconocí inmediatamente porque fuera de la calvicie y lo corpulento, tus facciones están exactamente como las recuerdo.
-Nunca volviste ni me escribiste, ¿cómo te fue allá?
-Bueno; primero, debes saber que mis padres me quisieron traer de vuelta para que termine mi carrera, que tú sabes, no me gustaba y huí. Estuve mucho tiempo huyendo de ellos, que siempre me pisaban los talones por toda Europa, todas esas preocupaciones y el que rastreen mis cartas, me hizo no escribirte, pero vaya que me sentía mal por eso y que no estuvieras conmigo para protegerme. Entonces, conocí a Fransuá, mi esposo, que era un productor de espectáculos. Él me ayudó y aunque no lo amaba, me casé con él por una especie de agradecimiento. Tuvimos el hijo que conociste y como te dije, después de protagonizar, muchos espectáculos ambulantes de danza, me dediqué a enseñar y puse una academia en París.
-¡Vaya vida! Me has dejado sorprendido, mi experiencia ha sido menos atormentada, tuve aventuras y aventureras, pero sin perseguidores. Tu marido debe estar esperando, conversamos luego.
- De acuerdo.
Por la noche, salimos los tres, Fransuá, Franchesca y yo, nos dirigimos a un bar rústico y conversamos. Franchesca cuenta a su marido sobre mí. Fransuá congenia mucho conmigo y conversamos de política hasta que, en una de sus idas al baño, Franchesca, algo tomada, me coge de los testículos por debajo de la mesa, lo que me sorprende e inmediatamente, después del gustito, le retiro la mano.
-¿Qué crees que haces?
-¿No dices que has tenido muchas aventuras? ¿No te gustaría una más, conmigo?
-¡Estás loca! Contigo es diferente, te aprecio profundamente y estás casada.
-Pero no lo amo.
-Entonces, ¿para qué te casaste?
-No entiendes, él me ayudó mucho.
-¿Y por eso le pagas así?
-Yo nunca te olvidé.
-¿Crees que puedes volver a mi vida? ¿No te das cuenta que estás casada con un buen hombre y tienen un hijo?
-Eso qué importa. El sabe que no lo amo y sólo me casé por agradecimiento.
-No seas descarada, no puede ser.
Fransuá vuelve y seguimos la conversa, pero noto a Franchesca cruel con él, me disgusto y me retiro, los dejo solos.
Al día siguiente, me levanto tarde, pienso que quizá no debí dejarlos, dado que no conocen bien la ciudad, voy a buscarlos a su hotel. Sale Franchesca al recibidor, se le ve mareada, me cuenta que Fransuá se pasó de tragos y está dormido, me alivio al saber que están bien, pero cuando me retiro, me percato que Franchesca me sigue, llego a la puerta de mi casa, volteo intempestivamente y ahí está, me pregunta si puede pasar y sin esperar respuesta lo hace, la sigo y cierro la puerta.
Confieso que yo también empecé a sentir de nuevo por ella; así que, quince años después, estamos en una habitación teniendo relaciones genitales de gran pasión. Ellos se quedan en la ciudad por un mes, recorriendo conmigo los complejos arqueológicos de las afueras de la ciudad. En ese lapso de tiempo, nos vemos a escondidas y tenemos relaciones, que se tornan, cada vez, más ardientes. Finalmente, llega el día del ascenso y descenso al pico nevado, tengo bien en claro que, al descender, la familia nuclear tomará un avión, que se llevará a su Franchesca y a mi Patricia, quizá para siempre. Este conocimiento, me atormenta y enloquece.
Empezamos el ascenso, debido a mi destreza, ganada por años de andinismo, en menos de dos horas, alcanzamos la cumbre. La pareja grita de emoción y toma fotografías. Me acerco, silenciosamente por detrás, he sacado mi puñal de su vaina, Fransuá voltea, intempestivamente, y recibe una franca puñalada en el pecho, apuñalada que lo mata al instante, aún puedo ver, en su rostro, la emoción de alcanzar la cima, no tuvo tiempo de temer por su vida. Ahora, ya no es más Franchesca, es sólo Patricia, mi Patricia. Ambos ocultamos el cadáver en una profunda tumba de nieve, descendemos y buscamos al pequeño que, al preguntar por su papá, le hacemos creer que tuvo que viajar de urgencia, nos mudamos de ciudad, donde la justicia nos encuentra, tres meses más tarde, guiados por el hallazgo del cadáver de un extranjero.
quien al danzar cautiva auditorios.
-Es cierto, yo lo maté y era un buen hombre, cuidó a Patricia, cuando más lo necesitaba, y le dio un hijo, al que crió con amor, pero no me juzguen tan duramente, no soy un frío asesino, motivado por algún interés monetario, mi crimen fue de pasión.
-¿Cómo se declara, el acusado?
-¡Culpable!
Patricia es una niña, la veo por primera vez, sus ojos son dos dulces almendras con un brillo de constelaciones, concentradas como el principio del universo. Soy tan pequeño, que no logro entenderlo, ¿por qué siento esto? ¿Qué me hace esta niña? Trato de no verla, bajo la cabeza y enmudezco, ella sólo sonríe, me dice: “chupado”. Yo me molesto, me escondo, lloro. No cuento lo ocurrido a mi padre por temor a una burla o una reprimenda, la niña abusa de mí; me pega, cuando jugamos lingo. En su presencia soporto los castigos con estoicismo; más tarde, lloro enfurecido y deseo matarla.
Seguimos creciendo por separado, unos años más grandes, nos encontramos en un partido de fútbol, su colegio y el mío se enfrentan. Su hermano juega en el equipo contrario, ella me ve y sonríe, yo siento su sonrisa como una burla, enloquezco de momento. Su hermano es delantero y yo, defensa mediocre; sin embargo, ahora, me pego a su hermano como chicle y salvo la portería varias veces; Patricia vuelve a sonreírme, esta vez barro a su hermano, quien sale disparado y se lastima al caer, el árbitro cobra falta y Patricia entra al campo a ver el estado de su hermano, al cruzar cara conmigo me llama brusco y, dentro de mí, siento una mezcla de dulce venganza y arrepentimiento.
Esta vez, transcurre más tiempo hasta volvernos a ver, ambos crecemos y desarrollamos, somos adolescentes llenos de hormonas y energía. Me invitan a una fiesta y por esas cosas curiosas de la vida, la veo entre la multitud, esta vez no siento su sonrisa como una burla sino como una llamada, la saco a bailar una lenta, creo que entonces es la primera vez que mantenemos una conversación que pretende ser adulta.
-¿Te gusta bailar?
-Sólo las lentas.
-¿Por qué? Las movidas son más divertidas.
-Eso es para chiquillos.
-¡Ay! Ahora, te crees grande.
No respondo, me concentro en sus caderas, voy más allá, a bailar abrazados como vi hacer a los grandes. Ella queda tiesa y noto o creo notar un estremecimiento de su cuerpo, me abraza más fuerte, la pieza acaba y sin decir palabra nos separamos. Vamos cada uno a su grupo de compañeros. No la vuelvo a ver hasta después del colegio.
Ahora somos “adultos”, estoy bastante tomado en un bar, cuando un amigo me comenta que está enamorado de una chica muy bonita, quiere que la conozca en una reunión por su cumpleaños.
Ambos amigos asistimos a una casa muy elegante, me presenta a la chica, dueña del santo, de quien está enamorado, cuando ¡oh sorpresa!, reconozco, entre las asistentes, a Patricia, está sola, bebe y fuma, parece pensativa y triste. Me ve, y de pronto, su rostro se ilumina y sonríe, me acerco con el cigarrillo humeante y conversamos.
-¡Hola!
-¡Hola, loquito! ¿Cómo estás?
-Bien, pensando qué estudiar, en mi casa quieren que me decida ya, pero no me quiero precipitar y tú ¿qué haces por la vida?
- Estudio danza contemporánea en el museo de arte.
-Verdad que te gustan los bailes movidos – ambos reímos- .
-Me gustan mucho, pero mis padres quieren que estudie en la universidad, yo sólo quiero bailar, tan difícil es entenderlo, la danza lo es todo para mí y de verdad lo hago bien – la noto triste y me conmuevo-.
-Debes luchar por lo que te gusta, no será fácil seguro, pero si dejas de intentarlo serás infeliz.
Patricia me abraza y siento sus senos en mi pecho, han crecido mucho y me ruborizo, pero no la aparto de mí, siento su mentón en mi hombro y también unas gotitas.
-¿Estás llorando?
-No te preocupes, ¿has visto “La sociedad de los poetas muertos”?
-Sí, ¿por?
-Me pasa lo mismo que al actor, mis padres me obligan a dejar de bailar.
Siento su dolor como mío, me doy cuenta que estoy profundamente enamorado, la deseo tiernamente y con las mejores intenciones, trato de consolarla.
-Paty, no te pongas así, una carrera en la universidad no es tan malo, siempre puedes seguir bailando.
-Paco, tú sabes que la danza tiene corta vida y si no me centro en ello, desde ahora, nunca llegaré lejos.
-Claro que lo harás, en la universidad podrás seguir bailando, hay talleres de danza. Una prima mía baila muy bonito y siempre está en esos talleres.
-¿Tú crees? Pero los cursos me lo impedirán, tendré que estudiar duro porque las materias no me entran fácilmente, soy una bruta.
-No digas eso que eres bien inteligente, sólo tienes que ordenarte y organizarte, todo te resultará.
-¿Tú crees?
-Estoy seguro de ello; además, yo me aseguraré de que así sea, haré que seas feliz (las tonterías que dice uno, cuando está enamorado, pero funciona).
-¿Hablas en serio, me harás feliz?
-Claro, si tú me dejas – volvimos a sonreí r-.
-Me gustaría mucho que lo hagas.
-Lo hago entonces, ¿te gustaría estar conmigo?
-Sí, mucho.
Somos enamorados tres años y muy felices hasta ese fatídico día, donde nos separamos, ella viaja para hacer estudios de danza en París- Francia; naturalmente, quedo devastado y solo.
Nunca en los quince años que siguen recibo una sola carta; así, logro borrarla de mi memoria, tengo enamoradas y amantes. Aprendo mucho de la vida, pero no lo suficiente. Ahora, me dedico a los deportes de aventura, guío a los turistas en el ascenso y descenso de los picos más altos de la cordillera de los Andes.
Estando en la agencia esperando algún cliente, llega a mí, una pareja con su hijo. Se les nota muy felices y me interrogan sobre el servicio que presto. El esposo es francés y la mujer peruana, pero residen en Francia, El hijo nació allá. Ambos están de vacaciones. Me dicen que desean visitar lugares arqueológicos y luego escalar algún pico, les hago un presupuesto del que se declaran conformes. El niño nos acompañará, únicamente, a las visitas arqueológicas, pues escalar sería peligroso para él.
Visitamos primero el templo de los indios tristes, donde se cuenta, los conquistadores hicieron un orgía con todas las indígenas en presencia de sus maridos, quienes no dejaban de llorar. En una de las habitaciones del complejo arqueológico, quedo solo con la señora del francés, que tiembla de pronto al preguntar mi nombre completo y se estremece, aún más, al oír mi respuesta.
-¿No me recuerdas?
-La verdad no, señora, creo que debe haberse confundido, no conozco a ninguna mujer de nombre Franchesca.
-Entonces, aún no llevaba ese nombre, recién en Europa me lo cambié.
-De todos modos, no recuerdo su fisionomía, aunque claro, no soy buen fisionomista.
-Me llamaba Patricia y mi pasión es el baile, enseño danza en Francia.
En ese momento la reconozco, pero claro, está muy cambiada, sus ojos siguen siendo dulces almendras y su cuerpo bastante más formado; quince años cambian mucho a las personas, pero ella, ¿cómo pudo reconocerme si estoy calvo y mucho más corpulento que entonces?, la interrogo al respecto.
-¡Dios, eres tú! ¡Estás bellísima! Sin embargo, yo estoy calvo, ¿cómo me reconociste?
-Gracias por el elogio, pero no te preocupes por la calvicie, a muchas mujeres nos gustan los calvos. Bueno, te reconocí inmediatamente porque fuera de la calvicie y lo corpulento, tus facciones están exactamente como las recuerdo.
-Nunca volviste ni me escribiste, ¿cómo te fue allá?
-Bueno; primero, debes saber que mis padres me quisieron traer de vuelta para que termine mi carrera, que tú sabes, no me gustaba y huí. Estuve mucho tiempo huyendo de ellos, que siempre me pisaban los talones por toda Europa, todas esas preocupaciones y el que rastreen mis cartas, me hizo no escribirte, pero vaya que me sentía mal por eso y que no estuvieras conmigo para protegerme. Entonces, conocí a Fransuá, mi esposo, que era un productor de espectáculos. Él me ayudó y aunque no lo amaba, me casé con él por una especie de agradecimiento. Tuvimos el hijo que conociste y como te dije, después de protagonizar, muchos espectáculos ambulantes de danza, me dediqué a enseñar y puse una academia en París.
-¡Vaya vida! Me has dejado sorprendido, mi experiencia ha sido menos atormentada, tuve aventuras y aventureras, pero sin perseguidores. Tu marido debe estar esperando, conversamos luego.
- De acuerdo.
Por la noche, salimos los tres, Fransuá, Franchesca y yo, nos dirigimos a un bar rústico y conversamos. Franchesca cuenta a su marido sobre mí. Fransuá congenia mucho conmigo y conversamos de política hasta que, en una de sus idas al baño, Franchesca, algo tomada, me coge de los testículos por debajo de la mesa, lo que me sorprende e inmediatamente, después del gustito, le retiro la mano.
-¿Qué crees que haces?
-¿No dices que has tenido muchas aventuras? ¿No te gustaría una más, conmigo?
-¡Estás loca! Contigo es diferente, te aprecio profundamente y estás casada.
-Pero no lo amo.
-Entonces, ¿para qué te casaste?
-No entiendes, él me ayudó mucho.
-¿Y por eso le pagas así?
-Yo nunca te olvidé.
-¿Crees que puedes volver a mi vida? ¿No te das cuenta que estás casada con un buen hombre y tienen un hijo?
-Eso qué importa. El sabe que no lo amo y sólo me casé por agradecimiento.
-No seas descarada, no puede ser.
Fransuá vuelve y seguimos la conversa, pero noto a Franchesca cruel con él, me disgusto y me retiro, los dejo solos.
Al día siguiente, me levanto tarde, pienso que quizá no debí dejarlos, dado que no conocen bien la ciudad, voy a buscarlos a su hotel. Sale Franchesca al recibidor, se le ve mareada, me cuenta que Fransuá se pasó de tragos y está dormido, me alivio al saber que están bien, pero cuando me retiro, me percato que Franchesca me sigue, llego a la puerta de mi casa, volteo intempestivamente y ahí está, me pregunta si puede pasar y sin esperar respuesta lo hace, la sigo y cierro la puerta.
Confieso que yo también empecé a sentir de nuevo por ella; así que, quince años después, estamos en una habitación teniendo relaciones genitales de gran pasión. Ellos se quedan en la ciudad por un mes, recorriendo conmigo los complejos arqueológicos de las afueras de la ciudad. En ese lapso de tiempo, nos vemos a escondidas y tenemos relaciones, que se tornan, cada vez, más ardientes. Finalmente, llega el día del ascenso y descenso al pico nevado, tengo bien en claro que, al descender, la familia nuclear tomará un avión, que se llevará a su Franchesca y a mi Patricia, quizá para siempre. Este conocimiento, me atormenta y enloquece.
Empezamos el ascenso, debido a mi destreza, ganada por años de andinismo, en menos de dos horas, alcanzamos la cumbre. La pareja grita de emoción y toma fotografías. Me acerco, silenciosamente por detrás, he sacado mi puñal de su vaina, Fransuá voltea, intempestivamente, y recibe una franca puñalada en el pecho, apuñalada que lo mata al instante, aún puedo ver, en su rostro, la emoción de alcanzar la cima, no tuvo tiempo de temer por su vida. Ahora, ya no es más Franchesca, es sólo Patricia, mi Patricia. Ambos ocultamos el cadáver en una profunda tumba de nieve, descendemos y buscamos al pequeño que, al preguntar por su papá, le hacemos creer que tuvo que viajar de urgencia, nos mudamos de ciudad, donde la justicia nos encuentra, tres meses más tarde, guiados por el hallazgo del cadáver de un extranjero.


















