Hoy, domingo cuatro de enero de 2009, fecha que escribo esta nota, me encuentro en “la ciudad de las iglesias”, conocida también como “la capital de la libertad de América por haberse librado , en las proximidades, la batalla de Ayacucho, Perú, y que acabó, en el continente americano con la presencia colonialista española.
Bueno, escribo esta nota para hablar de un artefacto, de uso exclusivo en algunos meses del año, estoy hablando del paraguas.
Su utilidad consiste en evitar resfriados y baños helados e involuntarios, causados por la lluvia.
La cuestión es, que hoy me dirigía a cierto café en esta ciudad, cuando el cielo se ennegreció por completo, y después de algunos estruendos, cayo una fuerte lluvia, que inundó las calles y empapó de forma inclemente a los ciudadanos de a pie.
Por suerte para mí, y no para el resto, cuando cayó el violento chaparrón me encontraba caminando bajo uno de los arcos de piedra de la plaza Sucre, motivo por el cual salvé mi cuerpecito de un baño seguro y gélido.
En uno de los arcos, contiguos al mío, había un hombrecito, de aspecto andino y gordinflón, que vociferaba a alaridos como los estruendos celestiales: “¡Paraguas! ¡Vendo paraguas!”.
Lo escuché y reflexioné, aún estaba a unas calles del café, las suficientes para ser bañado por las enfurecidas nubes; entonces, opté por llevar uno.
En el transcurso al café pude comprobar su utilidad y beneficio para el caminante; mientras me dirigía a mi destino, pude notar los arcos de la plaza, abarrotados de gente, inmovilizada no sólo por la naturaleza sino también por la tacañería de no comprarse un paraguas; llegué, rápidamente, al café, pues las calles estaban limpias de gente, ya en el lugar, mientras disfrutaba de una deliciosa torta, me puse a reflexionar sobre lo ocurrido.
¿Era posible, que las personas que habitan la ciudad no contaran con un paraguas en estos meses de lluvia?
¿Era acaso posible, que lo tuvieran en sus casas, cuando la lluvia los sorprendió camino a miles de destinos?
¿Será que, los ayacuchanos y las ayacuchanas no quisieron comprar un económico paraguas por tener uno en casa?
¿Será posible que por economizarse un gasto innecesario y ridículo, las personas hayan preferido quedarse en los arcos, antes que llegar puntuales a una cita de amor?
Podrá parecerme increíble; pero, en Perú, siempre suceden cosas increíbles.
(Huamanga – Ayacucho)