No piense el lector que soy un demente; piense, más bien, que tengo una facultad extraordinaria; relataré los hechos conforme sucedieron y se sucedieron, más adelante.
Me encontraba en mi casa de campo (mi hogar), escuchaba una emisora radial; recuerdo que, aproximadamente a las dos de la tarde, hora del informativo del día como era usual oía las noticias, cuando empecé a notar cierta interferencia inteligible.
Unos días después, en la misma situación, pude notar la misma interferencia insoportable, apagué la radio y salí al campo para supervisar los trabajos de los jornaleros. En tal ocasión, me encontré con Antonio, quien podaba las ramas secundarias de una planta. Le pregunté (sabiendo que era radioescucha de la misma emisora que yo) si es que había notado interferencia a la hora del informativo. Me contestó que no y que, probablemente, mi equipo requeriría reparación. La charla se detuvo en este punto, tocando temas relativos al campo.
Llevé mi equipo de radio al técnico, quien después de examinarlo, me dijo: “No hay ningún problema con su aparato, señor”. Naturalmente, me sorprendí, no se trataba de mi equipo. Estuve pensativo al respecto y pensé que, podría tratarse, de la localización física de mi equipo, quizá alguna antena de alta tensión.
Debido a esta última reflexión, trasladé mi equipo a otra ubicación, dentro de la casa, horrorizado comprobé que el problema persistía y que, esta vez, podía entender las voces de la interferencia.
Parecía una radionovela de muy mal gusto, pues se oían tremendas ofensas de un hombre (llamado Gustavo) hacia su mujer (de nombre Flavia).
Esa misma semana, por motivo de una reunión de negocios, abandoné mi casa de campo. Viajé a la ciudad y me hospedé en un hotel. Descansaba y alrededor de las dos de la tarde oí un ruido funesto como un golpe seco en la pared de la habitación contigua; luego, pude escuchar la fuerte discusión de una pareja, el hombre que denigraba a su mujer se llamaba Gustavo y ya adivinarán cómo se llamaba la mujer.
Me encontraba en mi casa de campo (mi hogar), escuchaba una emisora radial; recuerdo que, aproximadamente a las dos de la tarde, hora del informativo del día como era usual oía las noticias, cuando empecé a notar cierta interferencia inteligible.
Unos días después, en la misma situación, pude notar la misma interferencia insoportable, apagué la radio y salí al campo para supervisar los trabajos de los jornaleros. En tal ocasión, me encontré con Antonio, quien podaba las ramas secundarias de una planta. Le pregunté (sabiendo que era radioescucha de la misma emisora que yo) si es que había notado interferencia a la hora del informativo. Me contestó que no y que, probablemente, mi equipo requeriría reparación. La charla se detuvo en este punto, tocando temas relativos al campo.
Llevé mi equipo de radio al técnico, quien después de examinarlo, me dijo: “No hay ningún problema con su aparato, señor”. Naturalmente, me sorprendí, no se trataba de mi equipo. Estuve pensativo al respecto y pensé que, podría tratarse, de la localización física de mi equipo, quizá alguna antena de alta tensión.
Debido a esta última reflexión, trasladé mi equipo a otra ubicación, dentro de la casa, horrorizado comprobé que el problema persistía y que, esta vez, podía entender las voces de la interferencia.
Parecía una radionovela de muy mal gusto, pues se oían tremendas ofensas de un hombre (llamado Gustavo) hacia su mujer (de nombre Flavia).
Esa misma semana, por motivo de una reunión de negocios, abandoné mi casa de campo. Viajé a la ciudad y me hospedé en un hotel. Descansaba y alrededor de las dos de la tarde oí un ruido funesto como un golpe seco en la pared de la habitación contigua; luego, pude escuchar la fuerte discusión de una pareja, el hombre que denigraba a su mujer se llamaba Gustavo y ya adivinarán cómo se llamaba la mujer.



















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