CARLOS HUGO RINCÓN HOEFKEN presenta:

martes, octubre 27, 2009

EL AMOR DE LA COCINERA

Virginia es una muchacha hermosa, que tengo el privilegio de conocer en esta bendita tierra ayacuchana, tiene un puesto ambulante de comida para el pueblo en el mercado.

Por cuestiones de economía y condiciones de estómago de hierro, almuerzo con cierta frecuencia en su mesa nómada. Sé de ella que, tiene una hija y una madre, que la ayuda en la preparación de los alimentos. Conversamos de temas culinarios y uno que otro asunto ocasional.

Hoy no la hallo en su puesto y pregunto a su madre por ella, me dice que se quedó en el pueblo haciendo preparativos con las otras muchachas para la fiesta patronal, agrega que va haber corrida de toros y pelea de gallos, que estoy invitado por buen casero.

No sabiendo, seguramente, de mi obsesión por ella, la madre comete la cortesía de invitarme, invitación que me arrastra a un pueblo alejado, rodeado de bellas montañas multicolor.

Las cuatro de la tarde y por fin la veo, está sentada conversando con una amiga, me sonríe, me acerco.

-¿Qué haces acá?
-Tu mamá me invitó.
-¡Qué bueno, te va a gustar la fiesta!
-Seguro que sí.
-Yo preparé la comida.
-Me muero por probarla.
-Van haber fuegos artificiales.
.¿Y tu hija?
-Sé fue a visitar a su papá.

Sigo conversando con ambas muchachas, cuando empiezan a rondar las cervezas, pronto estamos bailando y su amiga se pierde en la multitud de la pampa.

-¿Si no es indiscreción, el papá de tu niña, tiene algún tipo de relación actual contigo?
-Bueno, sólo por ser el padre de mi retoño, somos amigos.
-A mira, qué curioso, siempre pensé que cuando se iba el amor, una amistad es poco probable.
-Lo es, sólo que, nuestro caso es diferente, tuvimos nuestra hija muy jóvenes, no sabíamos lo que queríamos y nuestras familias nos unieron a la fuerza. Un buen día, ambos nos dimos cuenta que el sentimiento que nos teníamos no era más que una amistad.
-Comprendo; entonces, la decisión de la ruptura fue por ambas partes.
-Sí.
-Insólito la verdad, pero que bien por la niña, no tuvo que ver conflictos.
-Es verdad, tuvimos suerte.
-Suerte y madurez.
-Bueno, debe ser, ¿pero tú, tienes hijos?
-No. Soy un cobarde para los compromisos, alguna vez lo pensé, pero descarté la idea.
-¿Tienes novia?
-No, algunas amigas tal vez.
-¿Amigas? ¿Cómo es eso?
-Bueno, esas amigas que tenemos los solteros como diría Jorge Negrete.
-¡Eres terrible! ¿Alguna vez, te enamoraste?
-Sí, ahora mismo estoy enamorado.
-¿Cómo? De alguna de Lima, seguro.
-La verdad que no, estoy muy enamorado de una ayacuchanita.
-¿Sí?
-Claro, ¿por qué no iba a estarlo? Ustedes son muy guapas.
-Tenemos lo nuestro.
-Tú, por ejemplo, eres muy linda.
-No te burles, debiste conocerme unos años atrás.
-No me gustan las niñas, prefiero a las mujeres que saben amar, complacer al hombre.
-No seas gracioso, los hombres las prefieren por tener todo en su lugar.
-Yo no, pienso que las mayorcitas están mejor ubicadas, ya les salió todo lo que les tiene que salir.
-Pero, ¿de quién te has enamorado?
-Tú la conoces. La conoces mejor que yo.
-Si no conozco a tus amigas.
-Ella no es mi amiga es mi obsesión, la admiro.
-No te entiendo, ¿por qué la admiras?
-¡Uy! Por muchas cosas.
-¿Cómo cuales?
-Bueno para ser sincero. Primero, y no es que sea lo más importante, por su belleza. Segundo por salir adelante y no por ella sino por su hija. Entre otras cosas.
-¿Su hija?
-Claro, ¿no tienes una hija?

En este punto, cansados de tanto bailar, nos sentamos en una de las bancas, dispuestas para la ocasión, y seguimos conversando mientras cenamos, en platos descartables, el manjar más delicioso de cabrito a la olla.

-¿Te gusta la cena?
-Es excelente.
-¡Qué bueno que te guste!
-¿La comida?
-Las dos cosas.

Debo confesar que me devolvió, el breve silencio que hizo, cuando dije gustar de ella. Ahora, ella también, lo decía y se hizo otro brevísimo silencio.

-Te has quedado callado.
-Bueno, ya me estoy reponiendo, creo que coincidimos, no suelo decir estas cosas, yo actúo.
-¿Y por qué no has actuado?

No continua la charla y pruebo el cabrito de sus labios. Estoy seguro que la multitud no pone la menor atención en nuestra desenfrenada nueva pasión, la pampa está llena de borrachos.

Empieza a llover y me pide la acompañe a su casa, que podemos estar ahí hasta que calme la tempestad. Entenderá el lector que, lo que sucede, dentro de la casa, está por demás decirlo; sólo, agregaré que, alrededor de media noche, cuando la tempestad sede, dos cuerpos, desnudos y agotados, ven con mayor disfrute que los demás, desde un segundo piso, los más creativos fuegos artificiales.