La hechura de su traje,
el que la transforma
en criatura demoníaca,
deslumbra con su plateado
las emociones,
el concepto queda en su concha,
y los espectadores estupefactos,
temblando la redención.
La neblina del espectáculo
es llevada y traída
a todos los hornos
por grados de calor,
tocables en largas piezas
humanas extendidas
hasta las profundidades
más oscuras.



















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