
En mi vida escuché muchas cojudeces, diluvios de cojudeces, todas destinadas al provecho propio y al hundimiento del resto de las islas humanas, fueron cojudeces, tan convincentes, que las llegué a creer, cosas tales como decía el chiste de los empresarios peruanos, invertir un menos por ciento y ganar un ciento por ciento de utilidades. En la práctica, aunque suene absurdo, un cien por ciento de realidad.
Yo, hasta hace muy poco, más o menos un año, no tenía en mi experiencia el contacto con la realidad empresarial de Perú. Fui, hasta antes de esto, que me cambió la vida, simplemente un profesor de literatura por profesión y poeta por vocación, lo cual sigo siendo.
Ahora bien, ¿o debo decir, ahora mal? Soy un empresario agrícola, dedicado al rubro de tara (árbol leguminoso) en el departamento de Ayacucho – Perú, donde vivo en un hermoso fundo. No es un secreto, la violencia que provino de este olvidado rincón de los muertos en la década de los ochenta, sangre derramada brutalmente en cada rincón del territorio nacional, valga la redundancia, todo Perú se convirtió en un gigantesco rincón de los muertos. No quiero y no es mi propósito, justificar todo el dolor que causó este macabro movimiento a tantas familias que perdieron a sus hijos y padres sino, por el contrario, generar una conciencia nueva que evite tanto la muerte física en el futuro como la terrible muerte (física y emocional) de la injusticia. Bueno pues, voy al fondo para resucitar a los muertos de la verdad, que estoy seguro se han manifestado en la conciencia humana, aunque sin encontrar verdadero eco en el sólido corazón individualista. Lo que he podido comprobar con propia vista, acá en Ayacucho, y estoy seguro podrá corroborarse en cada rincón de nuestro territorio, es que la empresa privada (pequeña, mediana y grande) (nacional o extranjera) desarrolla sus proyectos con el enfoque de enriquecerse y tapar el sol con el dedo de la mentada responsabilidad social; la que, en definitiva, no calma o apacigua la mirada de la pobreza y la necesidad, que ve cómo los forasteros vienen con la sonrisita carismática para ocultar las arcas de su propio egoísmo y que, una vez llenas, hacen maletas para un proyecto mayor, olvidando a la gente que hizo posible llenar el cuarto de Atahualpa varias veces, y quienes no salieron beneficiados con las utilidades de su propio trabajo como sí lo hizo la empresa o el empresario. La pregunta es muy simple, ¿es justo, que unos ganen las utilidades de su trabajo y otros no? Me parece, señores empresarios, que si se comparten las utilidades de un gran proyecto, la empresa privada será reconocida y beneficiada por el amor del pueblo, y de este modo llegará el verdadero progreso de todos y la reconciliación.



















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