IV
La tarde es terriblemente calurosa y la frutera Natalia, decide, trozar una pequeña sandía y comer una tajada para hidratarse. En ese momento, aparece Gustavo y al verla así, correada en el rostro de zumo su mente vuela a paraísos llenos de placer carnal y ternura con la juventud y lozanía de la frutera. Se acerca, pide un montón de naranjas; ella, dejando a un lado la tajada de sandía, lo atiende solícitamente. Gustavo la interroga.
-¿Y la señora que siempre despacha?
-No está, su esposo se ha puesto mal y ha tenido que atenderle, yo he quedado a cargo del puesto.
-¿Eres su hija?
-No, soy su vecina.
-Con razón, no te pareces en nada a ella y por lo general, las hijas algo tienen de sus madres, tú eres bonita.
-Gracias-responde Natalia y echa una risita que, rápidamente, Gustavo interpreta como cierto agrado hacia él-.
-El calor es tremendo, ¿cómo puedes permanecer tanto tiempo bajo este sopor?
-Lo hago por trabajo, usted sabe, hay que ganarse el pan y como vivo sola en esta ciudad, tengo que ver por mí.
-¡Ah sí! ¿De dónde eres?
-Mi pueblo queda a treinta kilómetros de la ciudad, pero como no hay trabajo he venido por acá.
-¿Y, no estudias?
-Estudio en la escuela nocturna, puesto que por problemas económicos no pude terminar el colegio a su debido tiempo.
-Bueno, pero eso habla muy bien de ti, no te das por vencida y lo sigues intentando.
-Claro, no pienso vender fruta toda mi vida y usted ¿a qué se dedica?
-Bueno, yo hago grabados en madera.
-Interesante.
-¡Sí, tengo mi taller! ¡Ah, y si deseas podrías tener trabajo por ahí!
-¡De verdad! Y, ¿cuánto me pagarías?
-Bueno, eso depende de la disponibilidad de tu tiempo.
-Yo puedo trabajar todo el día; ya que, la escuela nocturna es de seis a diez.
-Bueno; entonces, ve a verme.-Gustavo entrega a la frutera una tarjeta con la dirección del taller, se despide y se retira con su bolsa de naranjas-.



















0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada