La vida diaria va envolviendo a la vida
con su vocecita rectangular superponiendo los ladrillos,
hasta convertirse en horizonte sin esperanza.
El hombre se pierde en la mano
que lo asfixia,
en los abrazos
que lo aprisionan hasta el corazón,
hasta la salida de la experiencia
por las ideas,
donde el papel encarcela los sueños.
Pobre caída
que no conoce el destino humano,
el sabor parásito que le espera
a ese hombre avinagrado,
que ella tragará
queriendo tanto.
Pobre caído
que no conoce el destino final
de su descanso,
que antes de llegar
será vomitado,
vómito cotidiano.



















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